Capítulo 1: Para chuparse los dedos

Traducido al español por StSassa

El día de su aniversario comenzó exactamente igual que cualquier otro día de fin de semana.

Kongpob había sido el primero en levantarse ese día a pesar de las protestas de Arthit (algunas cosas nunca cambian) y tuvieron un simple desayuno tardío en la cama entre silenciosas conversaciones sobre todo y nada, simplemente disfrutando de la compañía del otro.

Luego de que los besos lentos y perezosos se convirtieran en una dulce sesión de hacer el amor entre migajas de pan y una mancha de café que a Arthit le ganaría un regaño, ambos se decidieron al fin por salir de la cama a las 3 de la tarde.

Mientras Kongpob limpiaba, Arthit salió para “hacer un mandado”, regresando después con un pequeño ramo con cinco rosas y cuatro claveles rojos envueltos en un papel café. Quería comprar nueve rosas porque había leído del significado del número en algún lado de internet, y esperaba que su cursi novio tuviera al menos una pista de lo que estaba por venir. Esto tendría que ser suficiente.

—Uh… casi no tenían rosas cuando llegué. Supongo que debí haber ido más temprano —dice Arthit, tímido.

—Me encantan, P’Arthit —Kongpob le muestra una brillante sonrisa. —Gracias.

Arthit muerde su labio inferior con timidez antes de inclinarse y presionar un beso furtivo en la mejilla de su pareja.

—Feliz noveno aniversario, Kong.

—No sabía que podías ser así de romántico, P’Arthit —dice su novio con ojos brillantes, acercándolo por la cintura.

—Sí, bueno, estoy con un niño que tiene que ser consentido de vez en cuando.

Kongpob sólo esboza una sonrisa y da docenas de besos por todo el rostro de Arthit hasta que este se aleja en protesta, fingiendo estar asqueado de manera poco convincente.

—Gracias, P’Arthit.

Arthit sólo sonríe y Kongpob junta sus frentes antes de ladear la cabeza en busca de otro suave beso que amenaza con volverse algo más. Es tierno y algo empalagoso, pero Arthit lo detiene antes de que sienta la urgencia de arrastrar a su pareja de regreso a la recámara.

—Oye, oye. Es suficiente. Vamos, alístate o llegaremos tarde.

—Está bien, sólo déjame poner estas en agua y después iré a ducharme.

Cuando oye el agua correr, Arthit saca la caja del anillo del fondo de su maletín, que es donde lo ha estado escondiendo en casa con la certeza de que Kong no buscaría sus papeles de trabajo así como si nada.

Le echa un rápido vistazo, como si de alguna forma el anillo fuera a lucir diferente desde la última vez que lo vio. Sigue allí, por supuesto, pero Arthit siente que su corazón se acelera y también un apretado nudo en su estómago.

Hoy es el día, se dice a sí mismo y no puede dejar de sonreír mientras guarda la caja en el bolsillo interior de su chamarra.

—Entonces, ¿me dirás a dónde vamos? —Reflexiona Kongpob mientras Arthit conduce fuera del estacionamiento del edificio de apartamentos, ajustando el espejo retrovisor.

—No sería una sorpresa si te dijera, ¿cierto?

Kongpob sólo ríe y ajusta su cinturón de seguridad.

—En serio que no estoy acostumbrado a que me consientas de este modo.

Arthit no dice nada mientras salen a la avenida, sintiendo una ligera punzada de culpa.

Era cierto que Kongpob siempre fue quien era el más expresivo de los dos, asumiendo la responsabilidad de hacer todas las cosas románticas que la gente hacía en las relaciones. Cada peldaño de su relación estaba adornado con hermosos regalos y elaborados planes de citas, de conmovedoras palabras de amor escritas en una sofisticada caligrafía y de palabras dulces en forma de susurros que hacían que Arthit se sonrojara y sonriera tanto que pensaba que explotaría.

Arthit, por otro lado, durante sus primeros años había usado todas sus ideas creativas para enamorar a Kongpob y ya había tantas comidas caseras “sorpresa” que entregaba a la oficina del menor y tantas canciones de amor que tocaba en su guitarra antes de que comenzara simplemente a llamarlo una tradición sólo para sentirse mejor al respecto.

—Lo siento, Kong —dice, sin sacar los ojos del camino ni una sola vez.

—No, no, eso no es lo que quise decir, P’ —Kong coloca su mano en el regazo de Arthit. —Sé que me amas. Es sólo que… esta no es realmente tu forma de expresar cariño. Sólo estoy gratamente sorprendido.

Arthit no sabe cómo responder a eso, así que sonríe brevemente antes de gruñir. El auto reduce la velocidad hasta detenerse.

—Mierda, sabía que debimos haber salido antes.

Oh, Bangkok y su tráfico de nunca acabar. Esto, además del hecho de que se acercaban a las fiestas de temporada, significaba que el tráfico usual en las avenidas principales se había incrementado al doble. El ritmo al que se movían era dolorosamente lento y Arthit podía sentir su ansiedad crecer con cada segundo que pasaba. Empieza a revisar su reloj cada medio minuto, tamborileando con nerviosismo los dedos sobre el volante. Ya son las 5:54, faltan seis minutos para su reservación y Arthit está rezando por un milagro, para que el tráfico se parta en dos al estilo del Todopoderoso.

Kongpob, percibiendo el estado de ansiedad y frustración de su novio, toma con cuidado su mano entre la suya, frotando relajantes círculos en la palma tensa de Arthit.

—P’, tal vez puedas llamar al restaurante para hacerles saber que llegaremos tarde —intenta decir con calma y una voz firme y reconfortante.

Arthit exhala un suspiro y asiente, sacando su teléfono.

Restaurante InLove de Krung Kasem, buenas noches. ¿En qué puedo ayudarle?

—Sí, hola. Hice una reservación para dos a las 6 bajo el nombre de Rojnapat. Estamos atrapados en el tráfico… ¿podría mover nuestra reservación para las 6:30?

Lo siento, señor, pero estamos llenos esta noche. Si no llegan para las 6:05, me temo que deberemos darle su mesa a otro cliente.

Arthit siente que el alma se le sale del cuerpo. ¿De verdad está sucediendo? ¿Hoy, de entre todos los días? Presiona el espacio entre sus cejas y aprieta los párpados.

—¿Y nadie más ha cancelado?

Me temo que no, señor. ¿Le gustaría hacer una reservación para otro día?

—No, no —se pasa la mano libre por la cara, incrédulo. —Entiendo. Gracias.

Lo lamentamos, señor. Esperamos que tenga una buena noche.

—Sí, gracias.

Cuelga la llamada, dejando caer el teléfono en su regazo y apoyándose sobre el volante.

¡Mierda! —Maldice para sí mismo antes de volver a tomar su teléfono para abrir con prisa la aplicación del mapa. Se gira hacia Kongpob, quien estruja su hombro en apoyo. —Haré algunas llamadas para ver si otros restaurantes de por aquí tienen mesas disponibles.

Kongpob asiente y saca su propio teléfono.

—También lo haré —le dedica una sonrisa reconfortante. —No te preocupes, P’Arthit.

El tráfico parece haber llegado a su punto máximo mientras ambos hacen llamada tras llamada.

—Lo lamentamos, estamos llenos esta noche.

—No hasta la siguiente semana, me temo.

—Pero tenemos una reservación para mañana.

—Lo siento, las reservaciones deben hacerse con dos semanas de anticipación.

Luego de lo que parece la quincuagésima llamada, Arthit finalmente arroja su teléfono en frustración a los asientos traseros, se pone las manos sobre el rostro y… llora. Un fuerte dolor de cabeza empieza a instalarse en su cráneo, el cual ahora se siente diez veces más pesado. Está llorando a todo lo que da, con sus hombros sacudiéndose y su nariz congestionada, haciéndole difícil respirar. De repente, el auto se siente increíblemente pequeño.

—P’ —Kongpob se estira para desabrochar el cinturón de seguridad de Arthit y sostiene su cabeza contra su pecho. —Ven aquí. Está bien, P’Arthit.

Arthit ve hacia arriba y niega con la cabeza.

—¡No! ¡No está bien! —se ahoga entre sollozos. —¡Lo tenía todo planeado, Kong! Te compraría las flores correctas e iba a… ¡iba a llevarte a este lugar genial que encontré! Tendríamos la más hermosa vista del puente Rama VIII y luego iba a… —se detiene y niega con la cabeza antes de decir demasiado. —Planeé todo esto, Kong, pero está arruinado, ¡y todo es culpa mía!

—Shhhh —Kongpob ahora sostiene el rostro de Arthit, limpiando suavemente sus lágrimas. —Mírame. De verdad está bien. En serio aprecio lo que has hecho. Por favor no te sientas mal. Te amo, ¿de acuerdo?

Arthit mira a los ojos de Kongpob, cálidos y amorosos, y se pregunta qué hizo para merecerse a alguien como él.

Arthit, aún lloriqueando, se limpia los ojos con la manga y exhala audiblemente.

—Cielos, esto es tan vergonzoso.

Kongpob mira fuera de la ventana antes de volverse hacia Arthit.

—Ya vuelvo. Sólo espera aquí, ¿de acuerdo?

Arthit lo mira inquisitivo mientras Kongpob baja del asiento del copiloto y sale a la calle. Desaparece dentro del centro comercial Silom Complex que está a algunos 20 metros de donde está detenido el auto, su espalda se pierde entre la multitud de compradores mientras Arthit lo observa.

No se han movido ni una pulgada en los últimos 20 minutos y, al mirar a la aplicación del mapa en su teléfono, hay líneas color rojo obscuro que se extienden como millones de pequeñas venas hacia el corazón que es el centro de Bangkok. Decidiendo que es poco probable que se muevan pronto, apaga el motor y abre a la puerta y luego sale al aire libre, ignorando las miradas de los vehículos vecinos. El aire fresco (bueno, tan fresco como puede ser por la urbanizada Bangkok) le ayuda a despejar su nariz y suspira mientras observa los alrededores.

Todo el camino está minuciosamente decorado con titilantes luces y brillantes arreglos en rojo y blanco, y a donde quiera que ves hay tubos de neón que dicen ¡Felices fiestas! y ¡Próspero Año Nuevo! Realmente es bastante bello en contraste con el atardecer de fondo, aunque Arthit no puede evitar pensar que para nada es lo mismo que estar bajo el más tenue resplandor de luces debajo del puente. De su puente.

Se recarga contra el capó del auto y, exhalando su decepción, coloca una mano sobre el bolsillo donde está aún la caja del anillo. Quizá esta noche no era el momento adecuado.

—¡P’Arthit!

Arthit levanta la mirada y ríe cuando nota lo que Kongpob está cargando.

—¿En serio? ¿KFC?

—¿Qué puedo decir? Me consentiste con flores, te estoy devolviendo el favor con pollo frito —alza la característica bolsa plástico de color rojo con blanco.

Kongpob se une a Arthit al recargarse contra el auto, colocando sobre el capó la bolsa con la cubeta. Alcanza el interior y saca una humeante y sazonada pierna de pollo para sostenerla bajo la nariz de Arthit, enviando el picante y sabroso aroma a sus fosas nasales.

Arthit le da una mordida a la pierna de pollo, lamiendo sus labios mientras mastica.

—Realmente quería que esta noche fuera perfecta —dice en voz baja, tragando el último trozo del bocado.

Es perfecta —Kongpob sonríe, mostrándole sus brillantes dientes blancos y arrojando el hueso limpio a la bolsa. —Estoy disfrutando de una deliciosa comida, rodeado de luces deslumbrantes, bien vestido y con mi persona favorita en el mundo. Estoy bien.

—Eres tan empalagoso —resopla Arthit, buscando una servilleta.

—En realidad, en este momento soy más bien picante —Kong mueve las cejas, acercándose hacia Arthit.

Tal vez son las luces y tal vez sea que está abrumado por lo mucho que ama a este hombre molesto y guapo, pero Arthit siente una oleada de valentía recorrer su cuerpo.

Limpiando sus propias manos con una toalla húmeda, toma la mano izquierda de Kongpob y lentamente se lleva uno de sus dedos a la boca, todo mientras observa la expresión de su novio transformarse de una traviesa a una nublada con puro deseo. El usualmente tranquilo hombre pasa saliva, observando con fascinación mientras cada dedo desaparece entre los labios suaves y rosados. De forma lenta y deliberada, Arthit lame el sazón salado y picante de cada dedo; la boca de Kong está algo entreabierta, respirando superficialmente por la tentadora sensación.

—P’Arthit, si sigues haciendo eso, lo próximo que haré será buscar el hotel más cercano.

Arthit ríe y le devuelve su mano a Kongpob.

 que está para chuparse los dedos.

En otro giro más de las cosas, Kongpob se sonroja, apenas capaz de contener su sonrisa. Se inclinan hacia el otro, compartiendo un beso lento que sabe a pollo frito y al familiar consuelo del otro.

—Te amo tanto, Kong —susurra Arthit, con sus narices aún acariciándose.

—Yo también te amo. Cada vez más y más con el tiempo —Kongpob lo mira por entre sus largas pestañas. —Y lo digo en serio. Esta noche de verdad fue perfecta porque pude pasarla contigo.

Casi perfecta, piensa Arthit, sintiendo el ligero peso en su chamarra.

El momento es interrumpido por el sonido de los cláxones de los autos detrás de ellos, lo que les indica que el tráfico vuelve a fluir.

¡Muévanse, tortolitos! —Un grito irritado viene de alguien a varios autos de distancia.

Riendo, ambos trepan de regreso al auto y Kongpob coloca la bolsa con los restos del pollo en los asientos traseros. Lentamente, hacen su camino a casa, cantando en alto al compás de cada canción de amor en la radio.

Al menos, seguirá siendo un aniversario para recordar.


Pobre bebé Arthit. Habrá otras oportunidades.

Soy una maníaca con los detalles, así que realmente busqué restaurantes cerca del puente Rama VIII así como cada KFC en un radio de 20 minutos en auto. Google Maps es un salvavidas.

Bueno, espero que hayan disfrutado el primer intento fallido de Arthit por pedirle matrimonio a Kong.

Traducido al español por StSassa

Capítulo 2: El inicio de Señor Sutthiluck

Traducido al español por StSassa

—¿Recuérdame otra vez por qué gastamos una absurda cantidad de dinero en esta botella de vino que ni siquiera vamos a disfrutar?

Arthit inspecciona la etiqueta de la estúpidamente costosa botella de Merlot por la cual condujeron dos horas hacia una licorería en específico. Están de pie frente al espejo de la sala, con Kongpob ajustando el cuello de la camisa de Arthit.

—Ya te dije, no podemos llegar a la fiesta con las manos vacías.

—Hemos ido a la casa de tus padres docenas de veces, Kong. ¿Por qué es diferente esta vez?

Kongpob suspira, descansando los brazos sobre los hombros de Arthit y entrelazando sus manos detrás de su cuello. Ambos hombres están vestidos con impecables camisas blancas y bastante parecidos trajes en azul marino; el de Kongpob tiene unas apenas visibles rayas plateadas y el de Arthit un patrón de cuadros a finas rayas blancas en el saco. Se ven como la viva imagen de la realiza joven a punto de anunciar el nombre de su recién nacido.

Para ser francos, Arthit se siente un poco fuera de lugar con este traje hecho a la medida y zapatos elegantes de marcas que apenas puede pronunciar, pero algunas cosas eran inevitables al ser asociado con el heredero de una gran corporación.

—Habrá mucha gente realmente importante allá esta noche. Mis padres no son en sí unos esnobs, pero alguna gente con quien mi padre hace negocios se burlará si el salmón es sólo “mitad noruego” o lo que sea que eso signifique. Nos guste o no, estamos bajo un escrutinio constante.

—Oww, ¿entonces no nos escaparemos para besarnos en tu antigua habitación? —Arthit pretende hacer un puchero.

—No prometo nada. Aunque bien podría traerte conmigo y tenerte como mi postre.

—Eso no es muy noruego de su parte, Khun Kongpob.

Kongpob se acerca, sonriendo mientras lame su labio inferior.

—Si lo recuerdo bien, hemos tenido una justa cantidad de aventuras para nada noruegas. ¿Recuerdas esa vez antes de los exámenes trimestrales cuando aún teníamos nuestros dormitorios uno frente al otro y…?

Arthit le da un empujón y coloca una mano sobre la boca del menor.

—Creo ya fue suficiente de recordar —gira los ojos. —Vayámonos antes de decepcionar a los peces gordos con nuestra tardanza.

Kongpob toma de la mesa las llaves del auto y se coloca sus mejores zapatos de cuero.

—¿Listo? —ofrece su mano luego de terminar de atar las cintas.

Arthit hace una pausa, mirando el maletín bajo la mesa del comedor.

—Eh… adelántate y enciende el auto. Te veré abajo en unos momentos. Sólo debo asegurarme de que envié un correo electrónico.

—¿Seguro? Puedo esperar.

—No, no, está bien. Ahorrará tiempo. ¡Ve! —Arthit sonríe un poco más grande de lo necesario y prácticamente lo saca a empujones.

Kongpob alza una ceja, claramente un poco escéptico, pero de todos modos camina hacia la puerta.

—De acuerdo… entonces te veo en un rato.

Una vez que la puerta se cierra, Arthit prácticamente corre hacia el maletín, rebuscando en el fondo. Por supuesto, tanto el anillo como la caja siguen allí.

Esta noche sería la noche. Se estaban yendo a tiempo y esta vez no tenían que conducir tan lejos, así que el tráfico no era un problema. Estarían toda la noche en la casa Sutthiluck y en definitiva habría comida.

Esta noche, nada podría interponerse en el camino de Arthit.

Toma un gran aliento y guarda la caja en el bolsillo interior de su saco, dándole palmaditas como reafirmación antes cerrar la puerta detrás de él.

—¿Se envió el correo electrónico? —Dice Kongpob mientras ajusta el espejo retrovisor.

—¿Eh?

—Dijiste que tenías que enviar un correo electrónico.

—¡Oh! Cierto, sí. Se envió. Todo bien.

El auto arranca con un murmullo y están en la calle, con el tráfico bastante fluido.

—De verdad deberías tomarte un descanso de vez en cuando. Es la víspera de Año Nuevo, P’. Si sigues trabajando horas extras, tendré que pedirle a mi padre que te saque de Ocean Electric para que mejor trabajes para él.

—Claro, como tú nunca trabajas hasta tarde.

—Me declaro culpable, pero últimamente siento que mi Por espera mucho de mí. Él sigue diciéndome “Hijo, algún día tendrás que manejar esto por tu cuenta” —imita Kong la voz de negocios firme y seria de su padre. —Quiero decir, siempre lo he sabido, pero sólo se siente como si en estos últimos meses realmente me estuviera cargando con trabajo.

—Estoy seguro de que sólo está orgulloso de ti, Kong.

—Sí, lo sé, pero de cierto modo tengo el presentimiento de que todo cambiará de la noche a la mañana

Arthit no dice nada y mira hacia afuera por la ventana, apoyando su codo sobre la puerta del auto.

—Es probable que Mae ya esté agobiándose por las formas de las servilletas —Kong ríe mientras el auto reduce la velocidad hasta detenerse.

La casa Sutthiluck (no, mansión), es una de las lujosas propiedades en Sukhumvit, con todo y un portón de hierro forjado y un jardín delantero bien cuidado que florece con arbustos florales y árboles de buganvilias.

Bajando la ventanilla del auto, Kongpob presiona el botón del intercomunicador.

—Bienvenidos de vuelta, Khun Kongpob, Khun Arthit —la voz se oye por el altavoz.

—Te lo he dicho un millón de veces, Shin, deja el “Khun”. Literalmente me viste correr por la casa en pañales —Kongpob niega con la cabeza.

—Sí, por supuesto. Sus padres están en la cocina con los del servicio de catering. Les haré saber que están aquí.

—No, está bien, nosotros iremos a saludarlos.

—Por supuesto.

Las puertas se abren lentamente y Kongpob conduce el auto por la larga entrada, estacionándose en un lugar vacío junto al auto de su padre.

El vestíbulo está adornado con luces titilantes y guirnaldas plateadas. Las palabras ¡Feliz 2026! cuelgan en la puerta delantera con letras grandes y brillantes.

Coloridos banderines cuelgan del techo del enorme salón y los sofás se movieron hasta las orillas del piso a desnivel para hacer más lugar para que los invitados anden por allí. Los decoradores y los del servicio de catering se mueven ajetreados por cada esquina de la casa, armando torres y platos de comida de lo que la madre de Kongpob había llamado “órdenes” (Arthit no podía recordar la verdadera palabra ni lo que significaba realmente).

—Wow, de verdad lo dieron todo esta ocasión —murmura, contemplando la extravagancia de sus alrededores.

¿Mae? ¿Por? —Llama Kongpob mientras entran a la cocina. Es como una noche de viernes en la calle Khaosan, con cuerpos pasando por aquí y por allá y con deliciosos aromas que vienen de todas direcciones, ajetreado de la mejor forma.

Una cabeza de cabello oscuro recogido con un prendedor bordado se da la vuelta para mirarlos, moviéndose entre los veintitantos empleados de catering.

—¡Llegan temprano! —La madre de Kongpob, de quien él heredó claramente su deslumbrante sonrisa, llama mientras hace su camino hacia la puerta de la cocina.

—Hola, mamá —los tres intercambian wais y abrazos, juntando sus mejillas a manera de saludo.

—El lugar luce genial, Mae.

—Oh, ¡ustedes se ven tan guapos! —Ella los gira sobre sus pies para verlos mejor. —¡Ohhh! Trajeron el Merlot. Kong, ve a darle esa botella a Shin y luego ve a saludar a tu padre. Está en su estudio.

—Claro.

No menos de tres segundos después de que Kongpob desapareciera por el pasillo, la ansiosa mujer acerca a Arthit tirando de su brazo, bajando el volumen de su voz hasta que es un susurro.

—¿Ya se lo pediste? —Sus ojos indagan ansiosos por una respuesta.

Arthit suspira, negando con la cabeza. Tenía la sensación de que ella sacaría el tema.

—Oww, ¿por qué no? Creí que se lo pedirías hace unas semanas. ¡Me preocupó que haya dicho que no cuando no lo oí de él! —Sus hombros se hundieron en decepción.

—Lo siento, Mae. Las cosas no fueron realmente acorde al plan —presiona sus labios en una tensa sonrisa. —Algo surgió y la oportunidad se fue delante de nuestras narices.

Ella da unos toquecitos a su rostro antes de suspirar.

—Bueno, esperaba presentarles a mi futuro yerno a todos esta noche, pero supongo que eso tendrá que esperar.

Tal vez no deba esperar mucho, Mae, Arthit sonríe para sí mismo.

Arthit había visitado a los padres de Kongpob la misma tarde que compró el anillo, diciéndole a su novio que su reunión se había atrasado y que cenaría antes de regresar a casa. Sus manos sudaban y temblaban cuando presionó el intercomunicador. Ellos estaban definitivamente sorprendidos por su inesperada visita, pero lo recibieron de todos modos.

—Mae, Por. Han sido tan amables conmigo todo este tiempo y vine aquí hoy porque…

—Porque… ¿qué? Oh, Arthit, no planeas romper con él, ¿cierto? Lo haces tan feliz. Por favor, sea lo que sea, pueden…

—¡No, No! No es nada de eso. En realidad, es lo contrario.

—¿A qué te refieres? —Kerkkrai junta sus manos y su mirada es expectante.

—Quiero… Quiero pedirles permiso para… para pedirle a Kong que se case conmigo. Si les parece bien, quiero decir —añade. —Por supuesto que respeto cualquier decisión que tomen y…

Si los apretados abrazos y lágrimas que le siguieron fueron alguna pista, los padres de Kongpob lo aprobaron enormemente, hablando emocionados de los planes para la boda, con su madre ya parloteando sobre arreglos flores y los colores de las servilletas, pidiéndole ver el anillo y hablando entusiasmada sobre lo lindo que era.

—Bueno, ya era hora. ¡Creí que tendría que esperar hasta ser demasiado viejo como para comer comida sólida! —Fue todo lo que había dicho su padre, con una gran sonrisa en el rostro mientras le daba palmaditas a Arthit en la espalda.

Arthit estaba aliviado, por decir lo menos. La primera vez que había sido presentado ante ellos como el novio de Kongpob, Khun Kerkkrai se lo había quedado mirando confundido, intentando hacer la conexión entre el joven de Ocean Electric que tanto admiraba y el hombre que su hijo ahora le llamaba su pareja.

Luego de un largo minuto de un silencio ensordecedor, él se había escabullido hacia su oficina, dejando a Kongpob casi al borde de las lágrimas y a Arthit congelado en su lugar. Siempre había la probabilidad de que sus respectivos padres no los aceptarían.

Mientras que el padre de Arthit simplemente bromeó con un “Bueno, ¡al menos no se quedarán embarazados por accidente!” y su madre le había preguntado a Kongpob lo que vio siquiera en el raro de su hijo, pedir la aprobación de uno de los más públicamente reconocidos empresarios de Tailandia era como maniobrar con manos temblorosas para desactivar una bomba de tiempo.

Un rato después, Kerkkrai había vuelto furioso al salón comedor, gesticulando alterado en dirección a su hijo.

—¿Cinco años? ¡¿Esperaste cinco años para decirnos que tienes una relación?! ¡Así no es como te criamos! ¿O te avergüenza tanto Khun Arthit que no podías decirles a tus propios padres? Te enseñé a ser siempre abierto y honesto con nosotros, ¿y escondes algo así? ¡Increíble!

El distinguido hombre de negocios se había quedado allí de pie, con las manos en la cintura y resoplando su ira antes de mirar a Arthit, señalándole que se pusiera de pie. Arthit había obedecido, temblando ligeramente antes de ser atraído en un apretado abrazo.

—Bienvenido a la familia, Arthit. Cuida a mi hijo, no es exactamente el chico más listo de mundo —había dicho antes de que su esposa e hijo estallaran en risas de alivio.

Arthit ahora ve a Kongpob regresando por el pasillo con su padre, quien está vestido con un impecable traje nuevo de un obscuro color escarlata y un corbatín de seda negro.

—Te ves encantadora, cielo —él besa a su esposa en la mejilla, admirando su vestido que combina en color rojo.

—Qué asco, Por. Vaya a besuquearse con Mae en algún otro lugar —se queja Kongpob, trayendo a Arthit a su lado por la cintura.

—Como si ustedes dos jóvenes fueran mejores. Además, descubrirán pronto lo que el matrimo… —es interrumpido abruptamente por la madre de Kong, quien lo empuja hacia la cocina antes de que pueda terminar la frase.

Kongpob envuelve su otro brazo alrededor de la cintura de Arthit y sólo se miran el uno al otro por algunos segundos.

—¿Listo para recibir el año nuevo?

—En realidad no estoy seguro. Aún tengo que tachar algunas cosas de mi lista de propósitos de este año.

—Eh, de todos modos nunca ibas a aprender japonés.

—Ese búho de Duolingo es un imbécil aterrador.

Se entretienen intentando identificar qué son todos los misteriosos bocados de comida, ofreciendo wais y saludando a todos y cada uno de los invitados y familiares que se topan en su camino. La madre de Kongpob anuncia la apertura del magnífico banquete y ellos agradecen la oportunidad para llenarse la boca con buena comida, la excusa perfecta para no tener que hablar con nadie.

De forma lenta pero segura, los invitados regresan al salón, en donde una suave música jazz se oye por los altavoces. Intercambian jadeos reticentes antes de unirse a la multitud. Cada interacción pequeña e incómoda con alguno de los ejecutivos de mercadotecnia o alguien más significa más champaña rosa en la copa de Kongpob hasta que Arthit por fin se excusa diciendo que tiene que ir al sanitario. En su lugar, sale al patio cerca de la piscina, respirando el aire fresco y la notable tranquilidad.

En más o menos la última hora de relacionarse con alrededor de 50 personas diferentes, algunos que reconoció del trabajo y otros como amigos o empleados del padre de Kongpob o bien sus familiares, tuvo que salir del armario discretamente ante la mitad de ellos. Hacerlo con conocidos era una cosa, pero Arthit nunca fue alguien a quien le gustaran las multitudes, menos una en su mayoría llena de desconocidos.

Deja su copa de lado y se sienta en la orilla elevada de la piscina, enfocando su mirada en las leves olas de donde la brisa sopla sobre el agua ligeramente iluminada.

—¿P’Arthit?

Kongpob, con su propia copa, se sienta junto a él, entrelazando sus manos.

—Lo siento, sé que estos eventos pueden ser algo abrumadores.

—Está bien. Supongo que son buenos para los negocios —toma lo último de la bebida de fresa en su copa. —Aunque si tengo que oír las palabras “increíble oportunidad” o “excelente inversión” de nuevo esta noche, me ahogaré a mí mismo en esta piscina.

Kongpob exhala una suave risa y observa a los invitados riendo y bailando bajo el candelabro del salón. Sus voces y la música lenta se oyen atenuados por las puertas del patio.

Se levanta sonriendo, ofreciéndole su mano. Arthit levanta la mirada hacia él con una ceja alzada.

—¿Qué?

—Baila conmigo.

—¿En serio? ¿Aquí afuera?

Son los únicos afuera y la única luz viene de la piscina y de las estrellas sobre sus cabezas.

Con duda, Arthit le da su mano a Kongpob, quien lo levanta rápidamente y tira de él hacia su pecho con su otra mano. No dicen nada, se deslizan lado a lado de forma suave, sin seguir realmente la música. Sólo respiran en presencia del otro, con sus párpados apenas entreabiertos, sus narices rozándose y sus labios juntándose con suavidad de vez en cuando.

Este es el momento, Arthit se dice a sí mismo.

—Kong —prácticamente susurra. —Quiero empezar bien este año.

Kongpob no dice nada, aún guiándolos en su suave vals.

—Tú… tú significas para mí más que lo que algún día podré decir con palabras. Y sé que sigues diciendo que no debería disculparme, pero de verdad lamento ser un desastre al hacerte saber que te amo.

Kongpob se aparta un poco, sólo para mirarlo. Arthit contiene el aliento. Nunca ha superado realmente lo atractivo que es su novio.

—P’Arthit, sé que me amas. Siempre me lo demuestras, aunque no te des cuenta. Cuando pasaste todas esas noches estudiando conmigo, cuando sabes que tengo que beber en estos eventos y tú te quedas sobrio para llevarnos a casa. Sé que me amas cuando me presionas y discutes conmigo para que no quedar como alguien de mente cerrada. Cuando estamos en la cama y tú…

—No nos dejemos llevar tanto.

—¿Qué? Sólo iba a decir que amo cuando me dejas abrazarte cuando estoy triste, incluso cuando por lo regular te quejas de tener calor.

—Ah ajá —gira los ojos, pero está sonriendo. —Sólo quería asegurarme.

—¿Asegurarte de qué?

—Quiero asegurarme de que…

Mete la mano el bolsillo de su saco, buscando la caja del anillo… antes de oír que la puerta del patio se abre una chillona voz llamando:

—¡Kongpob! ¡N’Kong!

Levantan sus cabezas, mirando hacia la casa. Es una de las tías de Kongpob, haciéndoles señas; sus brazos se sacuden mientras lo hace.

No, no puede ser. No de nuevo.

Arthit siente que su sangre empieza a hervir y tensa la mandíbula. Cierra sus ojos, haciendo su mejor intento por respirar por la nariz.

—¡Regresa adentro! ¡Tu Por está a punto de dar su discurso y de empezar la cuenta regresiva!

Los ojos de Kongpob miran brevemente a Arthit, lleno de preguntas y de preocupación.

¿Por qué? ¿Por qué le estaba pasando esto a él?

—¿Todo bien, P’?

Arthit exhala, conteniendo el doloroso nudo en su garganta. No va a alterarse y llorar. No de nuevo.

—Estoy bien. Ve. Vayamos.

—¡Kooonnngggg! ¡Vamos! ¡Ya casi es hora!

—¿Estás seguro?

—Sí, sólo… —hace un débil gesto hacia la casa. —Tu padre está esperando.

Mira hacia todas partes excepto a Kongpob y Kong asiente lentamente antes de tomar la mano de Arthit y llevarlos de regreso a la casa. Todos los invitados están reunidos en el salón, algunos sentados en el sofá, otros amontonados con sus parejas en los extremos. Arthit se acomoda junto a una mesa de pequeños postres y Kongpob da un beso rápido a sus manos unidas.

—Hablaremos más tarde, ¿de acuerdo?

Arthit sólo asiente antes de que Kongpob se apresure a ir con sus padres y hermanas al frente de la sala.

—Ah, aquí estás, Kong.

Kerkkrai le ofrece una copa de champaña antes de volverse hacia sus invitados.

—Mis amigos, me complace tanto celebrar el nuevo año con todos ustedes. Me da tanto gusto decir que, primero que nada, he sido bendecido al tener aún el amor de mi hermosa esposa, mis hijas y mi maravilloso hijo. Ellos siempre me recuerdan que la amabilidad y la honestidad son prioridad sobre todo lo demás —coloca su brazo sobre cada uno de ellos, con sus ojos arrugándose mientras sonríe. —Mis hijas son como su madre: obstinadas, testarudas y probablemente más inteligentes que yo —continúa.

—¡Por! —regaña una de sus hijas, girando los ojos.

Algunos invitados ríen.

—Sigo un poco resentido porque no quisieron quedarse a cargo de la empresa, pero ellas siempre han hecho lo que las hace feliz y no hay más que pueda pedir además de eso. Mis hermosos nietos son la cereza en el pastel.

“También soy afortunado al haber tenido tantas oportunidades de trabajar con mi hijo este año, el cuarto año consecutivo. Ha traído muchas ideas innovadoras a nuestra empresa, incluyendo la implementación de alternativas biodegradables, las cuales no solamente han reducido nuestra huella de carbono de forma significativa además los riesgos en la mano de obra, sino que también nos ha ayudado a cumplir con la demanda desde la prohibición de las bolsas de plástico en el 2019.

Los invitados aplauden con cortesía y Kongpob sonríe tímido. Arthit, pese a sí mismo, también sonríe, orgulloso de los logros y del trabajo duro de su pareja.

—Realmente ha probado ser que el tipo de hombre que siempre esperé que fuera, y estoy tan orgulloso de él. Así que, amigos, es aquí que anuncio que el próximo junio, me retiraré oficialmente de Siam Polymer y le cederé la responsabilidad de ser CEO a mi hijo, Kongpob.

Jadeos llenan el aire y un lento pero constante estallido de aplausos se oye por todo el salón, con muchos estirándose hacia Kerkkrai para estrechar su mano y felicitarlo.

Kongpob, por otro lado, se ve conmocionado. Arthit regresa a sus cinco sentidos, intentando digerir los eventos de los últimos veinte segundos antes de acercarse a la familia, participando en la repentina revelación.

Por… ¿qué? —Kong mira a su madre y a sus hermanas, quienes están igual de perplejas. Su madre se encoge de hombros, incrédula por lo que acababa de suceder.

Kerkkrai, luego de atender varios invitados, se vuelve hacia su familia y Arthit, quienes se encuentran en varios estados de sorpresa y estupefacción.

Por, ¿está seguro? —Kong sacude la cabeza, todavía intentando comprender la idea.

—¿Es mi nombre Kerkkrai Sutthiluck? Hijo, nunca he estado más seguro de nada.

—¿Y si no estoy listo? Ni siquiera he cumplido los 30.

—Por supuesto que estás listo. Has hecho más que probar que eres apto, todos en la empresa te aman, tienes el apoyo de tu familia y el de Arthit. ¿Qué más pruebas quieres?

Arthit, como si intentara reafirmar sus palabras, coloca un brazo alrededor de la cintura de Kongpob, estrujando ligeramente su cintura. Kongpob muerde su labio con cautela, sin palabras.

—Ya deja de preocuparte. SI te hace sentir mejor, seguiré yendo a supervisarte de vez en cuando. No te dejaré a tu suerte. Ahora vamos o nos perderemos la cuenta atrás.

Kerkkrai se vuelve hacia sus invitados.

—¡Todos, encuéntrenme fuera para dar la bienvenida al año 2026!

Los invitados se vuelcan fuera hacia el patio, todos mirando arriba al cielo nocturno. Shin, el mayordomo de la familia, ha instalado un gran reloj digital que ahora mismo marca poco más de las 11:58.

Kongpob y Arthit se quedan cerca de la puerta del patio, con sus brazos alrededor del otro mientras esperan.

—Oye —Arthit levanta el mentón de Kongpob para mirarlo.

—Estoy bien, sólo… es mucho, ¿sabes?

—Lo sé. Pero como dijo tu Por, saldremos adelante juntos. Él confía en ti por una razón.

Kongpob exhala por la nariz y asiente.

—P’Arthit, ¿de qué querías hablar hace rato?

Arthit, recordado de cómo volvieron a robarles el momento, niega brevemente con la cabeza.

—No es nada, de verdad —presiona un beso en la frente de Kong. —Sólo quería decir que te amo y que me alegra pasar otro año contigo.

¡Diez!

—Yo también, P’.

El brillo regresa a sus ojos y Arthit siente que el dolor en su pecho se desvanece.

¡Nueve!

—Feliz Año Nuevo, Kong.

¡Ocho!

—Feliz Año Nuevo, P’Ai-Oon.

¡Seis!

—No me habías llamado así en años.

¡Cinco!

—Sí, bueno, me siento bastante cálido en este momento.

¡Tres!

—Empalagoso.

¡Dos!

—Pesimista.

¡Uno!

Sonríen, riendo entre el beso mientras los gritos de ¡Feliz Año Nuevo! hacen eco a su alrededor junto con fuerte estruendo de los fuegos artificiales explotando de forma intermitente. Apartándose, observan el espectáculo de luces por algunos momentos antes de que Arthit tome la mano de Kongpob.

—¿Volvemos a casa, señor CEO?

—Volvemos a casa, mi amor.

Se escabullen por el salón y salen por la puerta principal, alejándose en el auto sin que nadie se dé cuenta.

La próxima ocasión, piensa Arthit. La tercera es la vencida.


Sentí que ese fue uno muy largo. Quizá tenga el síndrome del túnel carpiano por teclear tanto.

Espero que algunas de las referencias tengan sentido. Añadí mis propios comentarios en donde las referencias pudieron haber sido algo extrañas.

Arthit bien pudo haber seguido adelante y preguntar a pesar de su plan fallido. Yo sólo creo que, según mi entendimiento del personaje de Arthit, él es un perfeccionista a su manera y, una vez que se propone algo, lo hará tal y como tiene pensado o no lo hará en lo absoluto. En cada uno de estos casos, le tomó mucho coraje desarrollar el momento en primer lugar, y una vez que ese momento se fue, veo difícil para él el sólo decirlo como si fuera tan sencillo.

Traducido al español por StSassa

Capítulo 3: Sol en piscis con ascendente en la temperatura

Para Arthit, las últimas semanas de febrero han sido siempre un complejo montón de celebraciones innecesarias y mentalmente extenuantes, tanto que no puede seguirles el paso debido a su tendencia por ser un ermitaño.

Confíen en que Arthit se haya enamorado de alguien con quien no sólo comparte el dilema de cumplir años apenas una semana después del Día de San Valentín, sino que este año, los cumpleaños de ambos cayeron en la semana del Año Nuevo Chino.

—¿Al menos el rojo se queda como la temática constante? —Kongpob había dicho débilmente cuando Arthit lo comentó.

—¿Cómo exactamente es el rojo aplicable a nuestros cumpleaños?

—Podríamos… ¿comprar pastel de red velvet este año?

Esto no quería decir que Arthit no atesorara cada peldaño al que llegaba con Kongpob, pero planear y llevar a cabo estas festividades siempre causaba estragos psicológicos en el peculiarmente nervioso hombre. Él simplemente no necesitaba el estrés extra de tenerlas tan amontonadas.

Desde que descubrieron que sus cumpleaños estaban a sólo cuatro días de diferencia, ellos habían acordado a celebrarlos al mismo tiempo, justo en el día en medio de ambas fechas. Empezó como una larga tradición de comprarse el uno al otro una rebanada de pastel de la cafetería que quedaba a media hora de camino de su universidad, un descubrimiento accidental durante el segundo año de universidad de Kongpob.

Cada año se regalaban un tipo diferente de pastel. Por lo regular, Arthit era más aventurado al escoger (el pay de queso de mango y chile es extrañamente espectacular) y Kongpob se quedaba con los clásicos (no puedes equivocarte con el pastel de chocolate).

—De ninguna forma, ya le tengo el ojo encima al pastel de ginebra de frambuesa con los dulces que explotan en tu boca.

—Iugh. Aunque supongo que sigue siendo rojo.

Siendo tanto una bendición como una maldición, Arthit había tenido que ir a un corto viaje de trabajo a Chiang Mai para el día de San Valentín, ahorrándoles a ambos la molestia de planear cualquier celebración. De todos modos, a ninguno de ellos le importaba mucho por la francamente arbitraria propaganda comercial. Lo mantenían simple si les daba por celebrarlo, cocinando en casa y mareándose un poco por el vino. Había estado silenciosamente agradecido por haber evitado la inminente locura esa ocasión, aunque todavía un poco resentido por la forma en que había resultado su cena de aniversario.

En su lugar, había tenido una videollamada con Kongpob desde su cuarto de hotel y habían hablado toda la noche, probando los más ridículos filtros y stickers en las caras del otro, riendo hasta que les dolió el estómago. Kongpob, agotado por haberse hecho cargo del trabajo adicional por la entrega del cargo que le siguió al anuncio de su padre, se había quedado dormido mientras Arthit divagaba sobre las conformidades sociales de una realidad hipotética donde los humanos tienen cola.

—…entonces si piensas en ella como otra extremidad, supongo que la dejarías expuesta como lo harías con un brazo o una pierna. Pero si se considera algo así como una parte privada, entonces ¿la meterías en tus pantalones o tendrían los pantalones una sección especial para ella? ¡Piensa en las tendencias de la moda! Además, ¿qué función tendrían siquiera?

Luego de algunos momentos de silenciosos pensamientos, volvió su atención de regreso a la pantalla para ver el apacible rostro durmiente de su novio, con su boca entreabierta ligeramente presionada donde su mejilla descansaba en la cama. Aún tenía sus lentes puestos, torcidos de manera que una de las patillas se había enredado en un mechón de cabello. Arthit había sonreído, observándolo respirar con suavidad durante algunos minutos antes de lanzarle un beso a la cámara para después colgar.

Había llevado el anillo consigo, por supuesto que no con la intención de pedírselo por videollamada, sino porque no podía arriesgarse a que Kongpob lo encontrara por accidente durante su ausencia. Aún tenía que hacerlo, pero los contratiempos que habían surgido en sus últimos dos intentos tenían a Arthit pecando de previsor y reflexionando sin escrúpulos sobre cualquier posible escenario donde lo interrumpieran.

Como era costumbre, el Año Nuevo Chino había involucrado más socialización que la que le importaba a nuestro dolorosamente introvertido protagonista.

Los padres de Kongpob habían dado una verdaderamente simple cena en su casa con sus tres hijos junto con los cuñados de Kongpob y sus hijos. La muy desarrollada consciencia de Arthit sobre su inminente edad llegó a su punto crítico cuando la sobrina de 14 años de su novio les había preguntado sin pena ni gloria lo siguiente:

—Entonces, tipo, ¿en qué clase de app de citas se conocieron? ¿En Tinder?

Después de que Arthit tartamudeara con sonrojadas mejillas que él y Kong se habían conocido durante las actividades de iniciación en la universidad, ella había dicho:

—Oh, entonces, ¿nada más improvisaron sin saber nada del otro primero? ¡Eso es tan lindo y a la vieja escuela!

Arthit de inmediato había metido la nariz en su copa de vino mientras Kongpob estrujaba su otra mano en apoyo.

La reunión de la familia de Arthit había sido abrumadora a su manera. Al ser mitad chinos del lado de su madre, todo el humilde piso de sus padres se había atiborrado con quienes probablemente eran todo el linaje de sus parientes aún con vida. Habían venido de numerosos distritos tailandeses así como del extranjero, todos saludándose los unos a los otros con deseos de buena salud, fortuna y prosperidad.

Él ahora estaba a varios días de cumplir 30, pero incluso así las tías que no recordaba conocer en algún punto de su vida creyeron que sería gracioso decir cosas como N’Ai-Oon, ¡te has puesto tan alto! ¡Ahora eres un niño grande! y ¡Eras un bebé tan lindo! ¡Con piernas gorditas!

Kongpob se había entretenido dando sobres rojos y arreando a todos los niños que corrían en círculos alrededor de la isla de la cocina antes de regresar al lado de Arthit con un pequeño plato de kanom keng, en un dulce pero eficaz intento de aliviar la obvia incomodidad de su pareja con un postre.

—No volvamos a ver gente de nuevo. Me convertiré en un ermitaño. Me dejaré crecer la barba, leeré libros de filosofía y escribiré poesía vaga sobre objetos inanimados. ¿Te apuntas? —Había dicho a secas, luego de dejarse caer bocabajo en el sofá un minuto después de haber entrado a su propio apartamento.

—Primero que nada, con el poco vello facial que tienes ni siquiera compras navajas de afeitar. Segundo, a pesar de que la idea de quedarme en cama contigo por el resto de la eternidad es increíblemente tentador, yo tendría que poner un techo sobre nuestras cabezas incluso si tú decides renunciar a tu trabajo —Kong se sentó al borde del asiento, abofeteando juguetón el trasero de Arthit.

—Nyyergnhhhh… cama —se quejó en respuesta.

Sin embargo, fiel a su sarcástica invitación, se habían quedado en los cómodos confines de su apartamento por los siguientes dos días, sólo saliendo de la cama para usar el baño y para atender la puerta por las entregas a domicilio. Para la noche del sábado, ya casi habían perdido la noción de qué hora era al haberse dado atracones de comida y tomado ocasionales siestas entre al menos quince películas y cuatro cajas de pizzas, quemando las calorías cada tercer película más o menos.

Por lo regular no se encerraban de ese modo, sus fines de semana muchas veces los ocupaban siendo voluntarios en el refugio de animales del cual Siam Polymer era un accionista o acomodando rápidas rutinas en el gimnasio entre variados mandados de la casa. Pero de vez en cuando, apagaban sus teléfonos y vivían como misántropos, con Kongpob abandonando temporalmente sus tendencias de maniaco de la limpieza.

Ahora están con la cabeza al pie de la cama, y Arthit, aún desnudo y con la mitad de su cuerpo sobre Kongpob, se incorpora con ayuda de sus codos. Se pasa una mano rápidamente por el cabello enredado y despeinado por el agarre de su novio. Bostezando, alcanza la última rebanada de la caja de pizza al pie de la cama.

—No lo hagas. Es de la primera caja que ordenamos. Hace dos días —Kongpob arruga la nariz con repulsión.

Arthit sólo se encoge de hombros mientras da una mordida a la ya dura y fría corteza, la salsa escurriéndose por debajo del queso endurecido hacia el pecho de su novio. Se inclina para sorberlo y Kongpob suspira profundo.

—Te ves ridículamente sexy en este momento, ¿lo sabes? —estira el brazo para jugar con un mechón del cabello de Arthit.

—Al menos déjame terminar esta rebanada antes de que intentes volver a atacarme —dice Arthit mientras mastica un bocado. —Me hago viejo y necesito preservar mi fuerza y mi energía.

—¿Así es cumplir 30? Ahora estoy preocupado.

—Aún tienes otros dos años. Después de eso, empezarás a tener algunas canas en el pecho, aleatorios dolores en el cuerpo y vértigo, y de verdad tendrás que ejercitarte con regularidad para poder comer toda esta chatarra.

—No puedo esperar —ríe Kongpob. —De acuerdo, quítate de encima. No siento las piernas.

Arthit rueda sobre su estómago, con su pizza todavía en la mano, y luego se sienta en el borde de la cama, terminando la rebanada. Cuando terminó el último bocado, ambos se pusieron sus bóxers y recogieron lo que restaba de la evidencia de su fin de semana en aislamiento. Se había sentido como un buen escape del mundo real, aunque fuera por un rato.

—Dúchate tú primero. Yo lavaré la ropa y luego sacaré la basura —dice Arthit mientras saca las manchadas y enredadas sábanas azules de la cama.

Ahora con la recámara luciendo sin duda como la de un adulto responsable en lugar de la de un salvaje universitario sin supervisión parental, Arthit vuelve a encender su teléfono, casi dejándolo caer por la ola de vibraciones por las docenas de notificaciones entrantes. La mayoría son mensajes de amigos y de familia deseándole un feliz cumpleaños y uno es de la madre de Kong preguntándole las novedades.

Oh, cierto.

Hoy había sido su cumpleaños real. Se había acostumbrado a su acuerdo de cumpleaños que a veces se le olvidaba, en ocasiones incluso escribía mal sus datos.

Teclea un ¡Gracias! 🙂 y hace clic en Enviar a todos.

Con ojos somnolientos y su cuerpo exhausto, se sume en su primer sueño profundo y pacífico con 30 años de edad. Quizá tendrá ya un prometido la próxima vez que se quede dormido.

Arthit despierta al día siguiente con un ligero dolor de cabeza y un malestar en el estómago. Lo asocia a su cuerpo anunciándole su nerviosismo por lo que vendrá ese día y se masajea las sienes con los pulgares.

Dándose la vuelta sobre su costado, nota que Kongpob ya se levantó, pues su lado de la cama se siente frío al tacto sin su cuerpo cálido. Arthit se espabila al tallarse los ojos y camina con dificultad hacia la cocina donde su novio está hablando por teléfono por medio de un auricular mientras sostiene una taza de café en una mano. Arthit camina silencioso hacia él, arrastrando los pies por el piso antes de envolver sus brazos alrededor de la cintura de Kongpob, enterrando el rostro en el hueco de su cuello.

—Sí, entiendo —Kongpob con sus dedos enrosca distraídamente los rizados cabellos en la nunca de Arthit. —No estoy en la oficina ya que es domingo, pero enviaré los papeles mañana a primera hora… Sí… Por supuesto… De nada. Adiós.

Gira los ojos mientras se saca el auricular, presionando el botón para colgar la llamada.

—¿Por qué hablas del trabajo en un fin de semana? Peor aún el fin de semana del Año Nuevo Chino —Arthit murmura sobre la clavícula de Kongpob, jugando con el cuello de su camisa.

—Uno de nuestros socios empresariales está haciendo su reporte anual, pero uno de sus empleados, probablemente un novato, perdió una de nuestras facturas así que ahora nos piden los números para entregarlo a tiempo.

—Le llamas novato a este chico como si tú tuvieras 40, un cuerpo de papá y una afición por los juguetes de escritorio.

—¿Juguetes de escritorio?

—Sí, como esa cosa de péndulo. O la pequeña bandeja con arena y un diminuto rastrillo —dice con una risilla, bajando sus dedos por el abdomen de Kongpob, haciéndole gentiles cosquillas antes de que le aparten la mano.

—Supongo que ya sé qué darte cuando cumplas 40.

Me encantaría seguir siendo tuyo en diez años, Arthit sonríe para sí mismo.

—Es domingo. No más trabajo, ¿de acuerdo? Tú eres el que me insiste en dejar de trabajar horas extras.

—Lo sé, lo sé. Pero no creo que al mundo de los negocios realmente le importe lo mucho que amo mis domingos, en especial con mi recién anunciado título.

—Ah, sí. “El joven nuevo presidente de Siam Polymer Group se toma el fin de semana libre para ir a comer pastel con su novio como si fuera un simple plebeyo” —medita. —Tan escandaloso encabezado.

Resopla por su propio comentario, pero no bromea respecto a los bastante interesantes encabezados que han protagonizado a lo largo de los años. Se las habían arreglado para escapar de la atención de los columnistas de chismes durante sus primeros años, disfrutando de la relativa privacidad de la gente común. Sin embargo, Kongpob, siendo el atractivo hijo de Kerkkrai Sutthiluck, integrándose oficialmente a la compañía de su padre, significaba que poco a poco se había vuelto más frecuente el encontrar borrosas fotos de ellos estampadas en las páginas de redes sociales y revistas de baja calidad, en par con títulos exageradamente entusiastas sobre sus aburridas vidas diarias como:

El príncipe perfecto de Arthit: ¡Kongpob abre la puerta a su galán! ¡Fotos exclusivas en el interior!

El Romance de Siam: ¡Kongpob y Arthit comparten un bingsu en Siam Paragon!

Y algunos totalmente falsos de escritores más imaginativos:

Kongpob el hipócrita: heredero de Siam Polymer compartiendo una cubeta de KFC con su novio a tan sólo días de haber retuiteado un artículo en contra del maltrato animal.

(Sí, al parecer los habían visto ese día. Para su vergüenza, hubo miles de fotos de él chupando los dedos de Kongpob que circularon entre sus amigos).

¿Kongpob el abusador? Rumores de violencia doméstica cuando Arthit presume un ojo negro.

(Había tirado muy fuerte de un hilo suelto y se golpeó en la cara por accidente).

En efecto, aún se le hacía extraña la atención, pero el contenido casi no violentaba su relación y Arthit mentiría al decir que no le entretenía o causaba gracia cada vez que Som-Oh le enviaba enlace tras enlace de sus últimos descubrimientos.

—Entonces vamos. Vayamos a darles algo de qué hablar. Quizá puedo alimentarte y ellos escribirán de la forma trágica en que perdiste la movilidad de tus brazos.

—¿Al menos podré tener un yeso genial con un cabestrillo?

—Sólo si puedo autografiarlo primero —Kongpob guiña el ojo, besando su frente.

De ese modo vino su celebración conjunta de cumpleaños, como un bienvenido cambio de aire de codearse con primos terceros y ser interrogado por menores. Finalmente, serían sólo ellos dos y Arthit rezaba porque no hubiera tías regordetas o embotellamientos de temporada que se atravesaran en su camino de poner al fin el maldito anillo en el dedo de Kongpob. Sería tranquilo, simple y sólo ellos dos. Nada elegante, sin reservaciones o regalos elaborados.

Sólo ellos, algo de pastel y posiblemente el resto de sus vidas juntos.

El familiar viaje al café se siente más largo de lo normal. Arthit aún se siente inusualmente nauseabundo y con una tensión desconocida en sus sienes. Se remueve en su asiento, con la caja del anillo removiéndose ligeramente en su bolsillo trasero. Sintiendo algunos gases, baja la ventana y eructa silenciosamente algún par de veces, pero se las arregla para sobrevivir toda la duración del viaje.

—¿Estás bien, P’Arthit? Te ves un poco pálido —Kongpob mira hacia un costado. —Puedo detenerme si gustas.

—No, estoy bien. De todos modos ya casi llegamos.

Sólo estoy nervioso por lo de esta noche.

El café, en la esquina de una tranquila calle que conecta con la avenida principal, se ve exactamente como Arthit lo recuerda. Un camino de piedra conduce a la entrada del café, con árboles señalando el camino y sobrepasando en estatura la estructura de un piso. Muebles que no combinan se extienden por toda la tienda y una moderna pero acogedora estética adorna el interior.

Se sientan en su mesa favorita junto a la ventana, en dos sillas de asientos de cuero una frente a la otra a cada lado de la mesa de café hecha de madera al estilo vintage, con una superficie de cristal y pedazos rotos de un plato decorativo colocados estratégicamente bajo el cristal.

La dueña los reconoce y va hacia ellos, deseándoles felices cumpleaños a ambos antes de tomar sus órdenes: una rebanada de pastel red velvet para Kongpob y un espumoso pastel de ginebra de frambuesa para Arthit.

Arthit toma alrededor de 30 fotos de su comida antes de que Kongpob lo llame un “chico básico de Instagram” y exija permitírsele comer su pastel. Cada uno toma con su tenedor un gran trozo de pastel y los chocan.

—Por nosotros —dice Arthit.

—Por nosotros, y por otro año de envejecer juntos —sonríe Kongpob.

La cubierta de frambuesa de la elección de Arthit es ácida y fuerte, mezclándose inusualmente bien con el pan empapado de ginebra, pero parece no poder tomar más de dos bocados antes de sentir sus entrañas convulsionando de nuevo y una dolorosa presión en su lóbulo frontal.

Intenta concentrarse, tratando de esfumar los nervios. Sabe que tiene seguir con su objetivo de esta noche o podría no tener otra buena oportunidad. Arthit no sabe por qué su cuerpo entero está reaccionando de forma tan inconforme cuando ni siquiera había estado tan inquieto en sus dos intentos anteriores.

Luego sus ojos se posan en Kongpob, quien lame contento algo de queso crema de su tenedor. La luz solar que atraviesa las delgadas ramas arroja una ligera y ondeante sombra a su rostro, golpeando cálidamente su piel con las motas de luz que se asoman entre ellas y Arthit siente su corazón latir en su pecho y el sudor haciéndole cosquillas sobre su piel, y de repente todo se siente demasiado caliente.

Estira el brazo y toma la mano de su pareja, con sus dedos temblando y húmedos por el sudor.

—Kong —su voz sale un poco ahogada.

—¿Sí, P’Arthit? —Kong levanta la mirada y sus ojos brillan antes de que su expresión se convierta en un ceño fruncido por la preocupación. —¿Seguro que te encuentras bien? Parece que viste un fantasma.

Se estira para sentir la frente de Arthit.

—Estoy bien, de verdad —insiste Arthit.

—¡P’, estás ardiendo!

—Kong, escúchame. Hay algo que quiero decirte.

—¿Qué es? ¿Seguro que no quieres ver a un médico?

—No, estoy bien. Escucha. He estado… ah, he querido hacer esto ya por un tiempo y siento que ahora es el momento adecuado.

Kongpob, sintiendo la seriedad en su voz, indeciso coloca su mano sobre la de Arthit y lo mira fijamente, sus ojos reflejando duda y anticipación.

—¿Qué es, P’?

—Kong, yo…

Arthit siente que la cabeza le da vueltas y no puede obligarse a decir otra palabra antes de sentir que la bilis le sube por la garganta.

Con una mano sobre la boca, se tambalea fuera del café y todo el contenido de su estómago se vacía sobre la tierra junto al camino de piedra.


Dejaré así este capítulo porque se estaba alargando muchísimo. Así que el siguiente capítulo será básicamente una continuación de este. Sólo creo que me emocioné un poco al explicar por qué celebraban tantas cosas en febrero al igual que cómo Arthit se intoxicó con comida. También quería mostrarles diferentes ángulos de su relación con ellos en este capítulo siendo ermitaños domésticos.

Me doy cuenta de la ironía de esta historia siendo un especial de San Valentín aunque no lo celebran realmente. Supongo que mi objetivo al iniciar este fic fue que Arthit de verdad intentara desesperadamente ser el novio que cree que debería ser porque es en extremo inseguro, y en especial luego de los eventos de SOTUS S, que quiere poner todo su esfuerzo en asegurarse de que Kong se sienta amado. Lo tiene tanto en la cabeza que tiene que hacer todas cosas complejas para estar a la par con Kongpob (pero no lo está, por supuesto).

Con eso dicho, me salté el día de San Valentín en parte porque sentí que su plan sería extremadamente similar al de su aniversario y por ende no muy interesante de leer, pero también porque se siente impersonal de ellos ya que es un día en el cual todos están celebrando su amor en lugar de uno día que sea personal para ellos.

La razón por la que puse sus cumpleaños tan cerca fue, de nuevo, una percepción más a fondo de esta dinámica única que es su relación. Eso en conjunto con la idea de que siempre he sentido que ambos tienen el Sol en Piscis, con Arthit con ascendente en Virgo y Kongpob con ascendente en Cáncer (si creen en la astrología). No es como si me gustaran mucho esas cosas, pero resultó en un título que hiciera sentido, creo.

Traducido al español por StSassa

Capítulo 4: La ley de Murphy

Traducido al español por StSassa
Advertencias: Síntomas del TOC (rumia)

«Si algo puede salir mal, saldrá mal».

Todo el viaje en auto al hospital fue tenso por el presentimiento de que Arthit podría volver a vomitar en la bolsa de plástico que tan amablemente les había ofrecido la dueña del café.

Kongpob había dudado en decir algo, enfocándose en conducir tan lenta y cuidadosamente posible como le permitían los alterados cláxones detrás de ellos, sin querer crear más movimientos repentinos de lo necesario. Aun así, tuvo que detenerse brevemente para que Arthit dejara de contener las arcadas y vomitara un par de veces en un aislado arbusto al costado a la calle.

Había frotado su espalda en lentos y reconfortantes círculos, en un resignado intento por disminuir el ardor en el esófago de Arthit. ¿Qué se dice en esta situación? ¿Estás bien? Si la respiración dolorosa y los labios pálidos de Arthit no fueran un indicio, esa pregunta habría sido increíblemente tonta.

—Te tengo, P’ —dice. Es lo primero que ha dicho desde que ayudó a Arthit a subir al auto.

Arthit limpia su boca y jadea por el mayor aire posible, empezando a estar cada vez más frustrado consigo mismo cuando su cabeza sigue nublada por la fiebre y sus entrañas se sacuden con la necesidad de expulsar lo que ni siquiera está seguro es físicamente capaz de albergar aún en su estómago. ¿De dónde viene todo este líquido siquiera?

Luego de un rato, su estómago se había calmado lo suficiente como para arreglárselas para volver torpemente al auto con la ayuda de Kongpob. Este lo sostiene ya que Arthit siente las piernas como de gelatina, una imagen que bien podría ser cierta ya que su cuerpo entero está entumecido y exhausto por las persistentes náuseas.

Vomita dos veces más en la sala de espera de Urgencias antes de que al fin entren a la oficina del médico, en donde Arthit se enfrenta a interrogatorio tras interrogatorio sobre sus antecedentes médicos recientes así como de viajes, alergias y cualquier cambio en su dieta o estilo de vida.

—No estoy muriendo, ¿cierto? —Se queja Arthit luego de la que siente es la quincuagésima pregunta, con sus cuerdas vocales sintiéndose irritadas por el sabor ácido de su propia bilis. Él sólo quiere ir a casa, meterse a la cama y olvidar que ese día sucedió alguna vez.

La médica simplemente sofoca una risa, negando con la cabeza.

—No, no es nada muy grave. Probablemente es sólo un desagradable caso de intoxicación alimentaria. ¿Has comido algo anómalo a tu dieta usual últimamente?

—No que yo recuerde.

—¿Algo que haya pasado de la fecha de caducidad? A veces la comida se echa a perder antes de que se vea como se ve, en especial cuando no la refrigeras.

—No lo hagas. Es de la primera caja que ordenamos. Hace dos días.

Eso le pega como una pared de ladrillos. La advertencia de Kongpob hace un claro eco en su memoria, siendo siempre la voz de la razón.

Si Arthit se había estado sintiendo como la mierda por otro intento fallido hace unos segundos, ahora desea caminar directo al fluido tráfico, maldiciendo internamente por haber provocado esto él mismo. Un leve dolor se forma en su pecho, envuelto en decepción y autodesprecio.

Tal vez esto sólo no estaba destinado a ser.

Tal vez yo soy el problema.

Tal vez… no lo merezco.

—Eh… no lo sé —murmura, ya apenas prestando atención.

—Bueno, en cualquier caso, voy a recetarte algunos electrolitos para reponer los fluidos que perdiste y algo para tu fiebre. Tómalo con calma un par de días, bebe abundante agua e intenta comer cosas blandas por un tiempo.

—Gracias, doctora —se las ingenia para decir antes de que su boca vuelva a llenarse, y la médica, sin inmutarse, simplemente saca una bacinica del cajón de su escritorio y lo sostiene bajo el mentón de Arthit como si hubiera ensayado para ese preciso momento.

Kongpob saca un pañuelo de su bolsillo, estirándose para limpiar la boca de Arthit, pero Arthit se lo arrebata, estrujando la suave fibra en su mano. Si Kongpob se asustó por el rechazo, Arthit no se dio cuenta.

—Mantenlo vigilado —la médica le dice a Kongpob. —Si su fiebre no disminuye para mañana, deberías volver a traerlo.

—Sí, gracias —Kongpob le da un wai e intenta ayudar a Arthit a levantarse.

—Estoy vomitando, Kong, no inválido —se levanta de la silla y va directamente hacia la puerta.

Después de cepillarse los dientes del nauseabundo sabor en su boca, Arthit se saca los pantalones en la recámara, pateándolos a un lado antes de recordar la caja que guardó en su bolsillo trasero esa mañana. Agachándose, la saca y la abre, trazando la cubierta aterciopelada con la punta de un dedo.

¿Cómo pudo haber pensado que era capaz de ser él quien hiciera la gran pregunta? ¿Cómo se atrevió a pensar que él podría ser el romántico? Todos y cada uno de sus intentos se habían ido por el caño y era su propia maldita culpa por haber tardado tanto y por tomar mediocres decisiones derivadas su flojera egoísta. Ni siquiera podía simplemente escuchar a alguien de vez en cuando.

Todo este tiempo, había culpado las influencias del exterior y a las desafortunadas coincidencias, cuando todo este tiempo había sido él. Él no había salido a tiempo para ganarle al tráfico. Él había sido quien egoístamente asumió que podía tomar ventaja de la fiesta de alguien más. Él fue quien comió comida echada a perder incluso cuando sabía que era mala idea.

Esto era el karma por no ser lo suficientemente expresivo, ni sociable, ni responsable; simplemente no lo suficiente para Kong. El hermoso, dulce, cariñoso, noble y por todos amado Kong.

Lo siento tanto, Kong, piensa. Ni siquiera pude darte la perfecta propuesta de matrimonio que te mereces.

Su garganta duele, con un nudo formándose en ella, pero Arthit está seguro de que no es por las náuseas. Echa un último vistazo al anillo, las gemas ahora no parecen tan brillantes, su luz se está desvaneciendo junto con lo que alguna vez fue un hermoso sueño.

Cierra la caja y la guarda en una caja debajo de la cama junto con los otros objetos olvidados de sus memorias pasadas y luego se enrosca bajo las sábanas. Se queda mirando inexpresivo a la ventana y, aunque una cálida brisa se filtra entre las persianas, esta no logra reconfortarlo. Furiosas lombrices se comen las profundamente enamoradas mariposas en su estómago hasta que sus cuerpos yacen sin vida y sus alas están hechas trizas.

—¿P’Arthit? —Oye a Kongpob entrar a la recámara con un vaso de agua mezclado con polvo de electrolitos y una bolsita plástica con pastillas para la fiebre en la mano.

Se sienta al borde de la cama y sonríe con ligereza, colocando el vaso en la mesita de noche junto a Arthit, quien ni siquiera ha levantado la cabeza para verlo.

—No lo digas.

—¿No decir qué, P’?

—No me digas Te lo dije. No quiero oírlo en este momento.

—¿Qué? ¿Por qué diría esto?

—La pizza, Kong. Me lo advertiste y yo no te escuché. No tienes que recordármelo.

Kongpob se estira para sacudir el cabello de Arthit, pero este se gira, alejándose de su toque. Permitirse ser amado de ese modo ya no se siente bien.

—P’, no iba a hacerlo. ¿De verdad crees que sería malo contigo cuando estás adolorido?

—No, por supuesto que no. Tu no eres así —lo que dice sale casi hiriente y rencoroso.

Eres malditamente perfecto y no te merezco.

Oye una prolongada exhalación detrás de él y Kongpob se queda en silencio por un momento, sintiendo el rastro de burla en el comentario de Arthit.

—P’Arthit… ¿qué te sucede realmente?

Hay un ligero temblor en su voz, inseguro y por completo desprevenido por el dramático giro en el comportamiento de Arthit. Algo así no había sucedido en años. Habían tenido sus peleas y malentendidos, por supuesto, con Arthit liderando la quimera de los celos y las inseguridades y con Kongpob con sus nerviosas preocupaciones insignificantes y sus ligeramente controladoras tendencias.

Pero hay algo detrás de este episodio en particular que Kongpob ha sentido moldearse de manera gradual por ya un mes.

Arthit se incorpora para quedar sentado, agarrando el vaso y las pastillas antes de tomar ambos contenidos de un trago, sin tomar un solo respiro hasta que el vaso está por completo vacío.

—Nada. Estoy cansado. Voy a dormir.

Vuelve a recostarse, sin mirar una sola vez a su… bueno, si no se iban a comprometer, entonces ¿qué eran siquiera? Arthit manda lejos el pensamiento y tira de la sábana hasta su barbilla, cerrando los ojos.

Kongpob permanece sentado junto a su figura recostada por varios y silenciosos minutos más hasta que, luego de un rato, Arthit siente un peso levantarse del colchón y un dubitativo beso presionarse sobre su frente. Varios momentos después, oye que la puerta de la recámara se cierra.

Por fortuna, su fiebre sí disminuye luego de una noche de sudores fríos y de recurrentes viajes al baño. Para la mañana, ya no siente que vaciará su estómago cada diez minutos. De todos modos, se reporta como enfermo a su trabajo, levantándose a las 8 de la mañana y descubriendo que Kongpob había pasado la noche en el sofá de la sala.

—Kong —le da un empujoncito al hombre durmiente, enroscado sobre su costado.

Kongpob se remueve, quejándose ligeramente por el dolor en su espalda. Se frota los ojos, incorporándose para sentarse.

—P’Arthit, estás levantado. ¿Te sientes mejor esta mañana?

Arthit, aún un poco mareado, pero más que nada por el cansancio, asiente lentamente.

—Sí, pero de todos modos me reporté como enfermo. ¿Por qué estás en el sofá?

Kongpob frota su nuca, moviéndola de lado a lado para relajar los músculos, emitiendo un fuerte chasquido por las articulaciones tensas. Círculos oscuros se han formado bajo sus ojos por levantarse cada media hora para presionar la oreja contra la puerta de la recámara, preocupado por que Arthit podría seguir vomitando.

—Oh… Yo eh, no te oí vomitar más luego de varias horas así que supuse que al fin te habías dormido. No quería despertarte.

Arthit no dice nada en respuesta y mira el reloj.

—Ya son pasadas las 8. ¿No tienes que ir al trabajo?

—Pero estás enfermo. Me quedaré y te cuidaré —sonríe, estirándose lentamente para tomar la mano de Arthit.

—Puedo cuidar de mí mismo. Ve al trabajo.

—En serio, ¡está bien! Puedo sólo decirle a Por…

—Ya no soy un maldito niño, Kong. Sólo vete a trabajar.

Otro silencio significativo se forma entre ellos, haciendo que la espontánea y alegre charla sea reemplazada por una dolorosamente entrecortada conversación. Hoy se siente como el peor día para ser insistente y que Arthit no esté de humor para sus usuales excentricidades le cae a Kongpob como una pared de ladrillos sobre su pecho. Finalmente se pone de pie, mirando a Arthit de forma breve antes de envolver indeciso sus brazos alrededor de su cintura en un cuidadoso abrazo. Arthit se tensa, pero levanta sus brazos para colocar suavemente sus manos frías en su espalda.

—¿Seguro que estarás bien?

—Sí. De todos modos, mi fiebre ya se fue.

—De acuerdo, pero ¿puedes por favor llamarme si necesitas algo?

Arthit exhala lentamente por su nariz, odiándose a sí mismo por hacer que sea incómodo, pero si tuviera que explicar su comportamiento, sería casi imposible hacerlo sin dar detalles de la raíz de sus problemas. Kongpob nunca tiene que saber que intentó y fracasó preguntarle lo que parece una simple pregunta de cuatro palabras, misma que se ha reído en sus narices por ya al menos tres veces.

—Sí, de acuerdo —asiente, antes de apartarse del agarre de Kongpob.

Kongpob suspira, inseguro de qué hacer con sus manos o a qué mirar, decidiéndose al fin por mirar vacilante al rostro de Arthit.

—Volveré tan pronto como pueda. Deberías descansar un poco.

Arthit asiente. Se siente terrible por cómo su torpeza emocional resultó en esta inquietante incomodidad entre ellos, pero no está seguro de cómo resolverla porque ni siquiera sabe realmente cómo disculparse sin revelar mucho.

—Kong —empieza. —Lo siento por lo de ayer.

—¿Uhmm? ¿A qué te refieres? —Kongpob se ve sorprendido por el cambio en su tono.

—A todo. Por arruinar nuestros cumpleaños. Por gritarte. Sabía que no me lo restregarías en la cara. Yo sólo… estaba de mal humor por estar enfermo.

Eso, y porque soy una mierda que no vale la pena.

—No lo arruinaste, P’ —Kongpob desliza sus manos por los brazos de Arthit de forma tranquilizadora. Su ceño fruncido al fin cede, reemplazando su expresión brusca con una ternura que es únicamente el Kongpob de quien Arthit está desesperadamente enamorado. —Hay que enfocarnos primero en que te recuperes por completo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

—Te amo.

Sus ojos son oscuros y sinceros como siempre lo han sido y Arthit piensa que tal vez el revoloteo en su estómago podría no ser por la intoxicación alimentaria.

—También te amo.

Mucho.

Parpadea, dejando que Kongpob lo bese con brevedad antes de girarse y regresar directo a la cama, en donde una lágrima se le escapa para caer a su almohada.


Lo siento, era algo que tenía que hacerse. No me odien, sólo confíen en mí con esto.

Oh cielos, tuve un mal rato escribiendo este capítulo en particular y realmente tuve que darme ánimos escribiendo el próximo capítulo antes de regresar con este. Mi estilo de escritura en combinación con mi descripción usual de ellos teniendo un entendimiento espontáneo y bromista tuvo que tomarse un descanso y me mató porque no fue nada divertido escribirlo. 🙁

Espero que al menos les sea claro que Arthit no está siendo un imbécil por nada. Él simplemente se menosprecia y siempre se siente culpable por todo lo que sale mal y se manifiesta en la forma de cerrarse y ser ligeramente distante. Por supuesto que quiere que Kong lo ame, pero él simplemente no cree merecerlo, lo cual es un pensamiento que creo que lo ha atormentado ya por años. En otras palabras, es un bebito tonto lastimado, tonto e inseguro.

Arriesgándome a alargar más esta nota, quiero aclarar algo que es realmente importante. Por favor no piensen que la actitud de Arthit en este capítulo conduce a las acciones de una persona mentalmente estable. Según mi entendimiento de toda su actitud en la serie, Arthit sufre cierto grado de ansiedad(TOC)/depresión. Eso no significa que no tenga buenos días o semanas o meses, sino que el camino para tener una buena salud mental no es uno derecho y necesita mucho apoyo consistente. No me gusta cuando los autores hacen que la respuesta a los problemas de un personaje sea su pareja, pero diré que, en definitiva, Kongpob ha contribuido lentamente y con el tiempo a que Arthit salga de su zona de confort y de sus miedos para poder experimentar más de su vida sin su ansiedad irracional. Este capítulo es bastante personal para mí como alguien que sufre de TOC y de verdad espero que los lectores jóvenes entiendan por qué ha ido por este camino.

Traducido al español por StSassa