Capítulo 3: Sol en piscis con ascendente en la temperatura

Para Arthit, las últimas semanas de febrero han sido siempre un complejo montón de celebraciones innecesarias y mentalmente extenuantes, tanto que no puede seguirles el paso debido a su tendencia por ser un ermitaño.

Confíen en que Arthit se haya enamorado de alguien con quien no sólo comparte el dilema de cumplir años apenas una semana después del Día de San Valentín, sino que este año, los cumpleaños de ambos cayeron en la semana del Año Nuevo Chino.

—¿Al menos el rojo se queda como la temática constante? —Kongpob había dicho débilmente cuando Arthit lo comentó.

—¿Cómo exactamente es el rojo aplicable a nuestros cumpleaños?

—Podríamos… ¿comprar pastel de red velvet este año?

Esto no quería decir que Arthit no atesorara cada peldaño al que llegaba con Kongpob, pero planear y llevar a cabo estas festividades siempre causaba estragos psicológicos en el peculiarmente nervioso hombre. Él simplemente no necesitaba el estrés extra de tenerlas tan amontonadas.

Desde que descubrieron que sus cumpleaños estaban a sólo cuatro días de diferencia, ellos habían acordado a celebrarlos al mismo tiempo, justo en el día en medio de ambas fechas. Empezó como una larga tradición de comprarse el uno al otro una rebanada de pastel de la cafetería que quedaba a media hora de camino de su universidad, un descubrimiento accidental durante el segundo año de universidad de Kongpob.

Cada año se regalaban un tipo diferente de pastel. Por lo regular, Arthit era más aventurado al escoger (el pay de queso de mango y chile es extrañamente espectacular) y Kongpob se quedaba con los clásicos (no puedes equivocarte con el pastel de chocolate).

—De ninguna forma, ya le tengo el ojo encima al pastel de ginebra de frambuesa con los dulces que explotan en tu boca.

—Iugh. Aunque supongo que sigue siendo rojo.

Siendo tanto una bendición como una maldición, Arthit había tenido que ir a un corto viaje de trabajo a Chiang Mai para el día de San Valentín, ahorrándoles a ambos la molestia de planear cualquier celebración. De todos modos, a ninguno de ellos le importaba mucho por la francamente arbitraria propaganda comercial. Lo mantenían simple si les daba por celebrarlo, cocinando en casa y mareándose un poco por el vino. Había estado silenciosamente agradecido por haber evitado la inminente locura esa ocasión, aunque todavía un poco resentido por la forma en que había resultado su cena de aniversario.

En su lugar, había tenido una videollamada con Kongpob desde su cuarto de hotel y habían hablado toda la noche, probando los más ridículos filtros y stickers en las caras del otro, riendo hasta que les dolió el estómago. Kongpob, agotado por haberse hecho cargo del trabajo adicional por la entrega del cargo que le siguió al anuncio de su padre, se había quedado dormido mientras Arthit divagaba sobre las conformidades sociales de una realidad hipotética donde los humanos tienen cola.

—…entonces si piensas en ella como otra extremidad, supongo que la dejarías expuesta como lo harías con un brazo o una pierna. Pero si se considera algo así como una parte privada, entonces ¿la meterías en tus pantalones o tendrían los pantalones una sección especial para ella? ¡Piensa en las tendencias de la moda! Además, ¿qué función tendrían siquiera?

Luego de algunos momentos de silenciosos pensamientos, volvió su atención de regreso a la pantalla para ver el apacible rostro durmiente de su novio, con su boca entreabierta ligeramente presionada donde su mejilla descansaba en la cama. Aún tenía sus lentes puestos, torcidos de manera que una de las patillas se había enredado en un mechón de cabello. Arthit había sonreído, observándolo respirar con suavidad durante algunos minutos antes de lanzarle un beso a la cámara para después colgar.

Había llevado el anillo consigo, por supuesto que no con la intención de pedírselo por videollamada, sino porque no podía arriesgarse a que Kongpob lo encontrara por accidente durante su ausencia. Aún tenía que hacerlo, pero los contratiempos que habían surgido en sus últimos dos intentos tenían a Arthit pecando de previsor y reflexionando sin escrúpulos sobre cualquier posible escenario donde lo interrumpieran.

Como era costumbre, el Año Nuevo Chino había involucrado más socialización que la que le importaba a nuestro dolorosamente introvertido protagonista.

Los padres de Kongpob habían dado una verdaderamente simple cena en su casa con sus tres hijos junto con los cuñados de Kongpob y sus hijos. La muy desarrollada consciencia de Arthit sobre su inminente edad llegó a su punto crítico cuando la sobrina de 14 años de su novio les había preguntado sin pena ni gloria lo siguiente:

—Entonces, tipo, ¿en qué clase de app de citas se conocieron? ¿En Tinder?

Después de que Arthit tartamudeara con sonrojadas mejillas que él y Kong se habían conocido durante las actividades de iniciación en la universidad, ella había dicho:

—Oh, entonces, ¿nada más improvisaron sin saber nada del otro primero? ¡Eso es tan lindo y a la vieja escuela!

Arthit de inmediato había metido la nariz en su copa de vino mientras Kongpob estrujaba su otra mano en apoyo.

La reunión de la familia de Arthit había sido abrumadora a su manera. Al ser mitad chinos del lado de su madre, todo el humilde piso de sus padres se había atiborrado con quienes probablemente eran todo el linaje de sus parientes aún con vida. Habían venido de numerosos distritos tailandeses así como del extranjero, todos saludándose los unos a los otros con deseos de buena salud, fortuna y prosperidad.

Él ahora estaba a varios días de cumplir 30, pero incluso así las tías que no recordaba conocer en algún punto de su vida creyeron que sería gracioso decir cosas como N’Ai-Oon, ¡te has puesto tan alto! ¡Ahora eres un niño grande! y ¡Eras un bebé tan lindo! ¡Con piernas gorditas!

Kongpob se había entretenido dando sobres rojos y arreando a todos los niños que corrían en círculos alrededor de la isla de la cocina antes de regresar al lado de Arthit con un pequeño plato de kanom keng, en un dulce pero eficaz intento de aliviar la obvia incomodidad de su pareja con un postre.

—No volvamos a ver gente de nuevo. Me convertiré en un ermitaño. Me dejaré crecer la barba, leeré libros de filosofía y escribiré poesía vaga sobre objetos inanimados. ¿Te apuntas? —Había dicho a secas, luego de dejarse caer bocabajo en el sofá un minuto después de haber entrado a su propio apartamento.

—Primero que nada, con el poco vello facial que tienes ni siquiera compras navajas de afeitar. Segundo, a pesar de que la idea de quedarme en cama contigo por el resto de la eternidad es increíblemente tentador, yo tendría que poner un techo sobre nuestras cabezas incluso si tú decides renunciar a tu trabajo —Kong se sentó al borde del asiento, abofeteando juguetón el trasero de Arthit.

—Nyyergnhhhh… cama —se quejó en respuesta.

Sin embargo, fiel a su sarcástica invitación, se habían quedado en los cómodos confines de su apartamento por los siguientes dos días, sólo saliendo de la cama para usar el baño y para atender la puerta por las entregas a domicilio. Para la noche del sábado, ya casi habían perdido la noción de qué hora era al haberse dado atracones de comida y tomado ocasionales siestas entre al menos quince películas y cuatro cajas de pizzas, quemando las calorías cada tercer película más o menos.

Por lo regular no se encerraban de ese modo, sus fines de semana muchas veces los ocupaban siendo voluntarios en el refugio de animales del cual Siam Polymer era un accionista o acomodando rápidas rutinas en el gimnasio entre variados mandados de la casa. Pero de vez en cuando, apagaban sus teléfonos y vivían como misántropos, con Kongpob abandonando temporalmente sus tendencias de maniaco de la limpieza.

Ahora están con la cabeza al pie de la cama, y Arthit, aún desnudo y con la mitad de su cuerpo sobre Kongpob, se incorpora con ayuda de sus codos. Se pasa una mano rápidamente por el cabello enredado y despeinado por el agarre de su novio. Bostezando, alcanza la última rebanada de la caja de pizza al pie de la cama.

—No lo hagas. Es de la primera caja que ordenamos. Hace dos días —Kongpob arruga la nariz con repulsión.

Arthit sólo se encoge de hombros mientras da una mordida a la ya dura y fría corteza, la salsa escurriéndose por debajo del queso endurecido hacia el pecho de su novio. Se inclina para sorberlo y Kongpob suspira profundo.

—Te ves ridículamente sexy en este momento, ¿lo sabes? —estira el brazo para jugar con un mechón del cabello de Arthit.

—Al menos déjame terminar esta rebanada antes de que intentes volver a atacarme —dice Arthit mientras mastica un bocado. —Me hago viejo y necesito preservar mi fuerza y mi energía.

—¿Así es cumplir 30? Ahora estoy preocupado.

—Aún tienes otros dos años. Después de eso, empezarás a tener algunas canas en el pecho, aleatorios dolores en el cuerpo y vértigo, y de verdad tendrás que ejercitarte con regularidad para poder comer toda esta chatarra.

—No puedo esperar —ríe Kongpob. —De acuerdo, quítate de encima. No siento las piernas.

Arthit rueda sobre su estómago, con su pizza todavía en la mano, y luego se sienta en el borde de la cama, terminando la rebanada. Cuando terminó el último bocado, ambos se pusieron sus bóxers y recogieron lo que restaba de la evidencia de su fin de semana en aislamiento. Se había sentido como un buen escape del mundo real, aunque fuera por un rato.

—Dúchate tú primero. Yo lavaré la ropa y luego sacaré la basura —dice Arthit mientras saca las manchadas y enredadas sábanas azules de la cama.

Ahora con la recámara luciendo sin duda como la de un adulto responsable en lugar de la de un salvaje universitario sin supervisión parental, Arthit vuelve a encender su teléfono, casi dejándolo caer por la ola de vibraciones por las docenas de notificaciones entrantes. La mayoría son mensajes de amigos y de familia deseándole un feliz cumpleaños y uno es de la madre de Kong preguntándole las novedades.

Oh, cierto.

Hoy había sido su cumpleaños real. Se había acostumbrado a su acuerdo de cumpleaños que a veces se le olvidaba, en ocasiones incluso escribía mal sus datos.

Teclea un ¡Gracias! 🙂 y hace clic en Enviar a todos.

Con ojos somnolientos y su cuerpo exhausto, se sume en su primer sueño profundo y pacífico con 30 años de edad. Quizá tendrá ya un prometido la próxima vez que se quede dormido.

Arthit despierta al día siguiente con un ligero dolor de cabeza y un malestar en el estómago. Lo asocia a su cuerpo anunciándole su nerviosismo por lo que vendrá ese día y se masajea las sienes con los pulgares.

Dándose la vuelta sobre su costado, nota que Kongpob ya se levantó, pues su lado de la cama se siente frío al tacto sin su cuerpo cálido. Arthit se espabila al tallarse los ojos y camina con dificultad hacia la cocina donde su novio está hablando por teléfono por medio de un auricular mientras sostiene una taza de café en una mano. Arthit camina silencioso hacia él, arrastrando los pies por el piso antes de envolver sus brazos alrededor de la cintura de Kongpob, enterrando el rostro en el hueco de su cuello.

—Sí, entiendo —Kongpob con sus dedos enrosca distraídamente los rizados cabellos en la nunca de Arthit. —No estoy en la oficina ya que es domingo, pero enviaré los papeles mañana a primera hora… Sí… Por supuesto… De nada. Adiós.

Gira los ojos mientras se saca el auricular, presionando el botón para colgar la llamada.

—¿Por qué hablas del trabajo en un fin de semana? Peor aún el fin de semana del Año Nuevo Chino —Arthit murmura sobre la clavícula de Kongpob, jugando con el cuello de su camisa.

—Uno de nuestros socios empresariales está haciendo su reporte anual, pero uno de sus empleados, probablemente un novato, perdió una de nuestras facturas así que ahora nos piden los números para entregarlo a tiempo.

—Le llamas novato a este chico como si tú tuvieras 40, un cuerpo de papá y una afición por los juguetes de escritorio.

—¿Juguetes de escritorio?

—Sí, como esa cosa de péndulo. O la pequeña bandeja con arena y un diminuto rastrillo —dice con una risilla, bajando sus dedos por el abdomen de Kongpob, haciéndole gentiles cosquillas antes de que le aparten la mano.

—Supongo que ya sé qué darte cuando cumplas 40.

Me encantaría seguir siendo tuyo en diez años, Arthit sonríe para sí mismo.

—Es domingo. No más trabajo, ¿de acuerdo? Tú eres el que me insiste en dejar de trabajar horas extras.

—Lo sé, lo sé. Pero no creo que al mundo de los negocios realmente le importe lo mucho que amo mis domingos, en especial con mi recién anunciado título.

—Ah, sí. “El joven nuevo presidente de Siam Polymer Group se toma el fin de semana libre para ir a comer pastel con su novio como si fuera un simple plebeyo” —medita. —Tan escandaloso encabezado.

Resopla por su propio comentario, pero no bromea respecto a los bastante interesantes encabezados que han protagonizado a lo largo de los años. Se las habían arreglado para escapar de la atención de los columnistas de chismes durante sus primeros años, disfrutando de la relativa privacidad de la gente común. Sin embargo, Kongpob, siendo el atractivo hijo de Kerkkrai Sutthiluck, integrándose oficialmente a la compañía de su padre, significaba que poco a poco se había vuelto más frecuente el encontrar borrosas fotos de ellos estampadas en las páginas de redes sociales y revistas de baja calidad, en par con títulos exageradamente entusiastas sobre sus aburridas vidas diarias como:

El príncipe perfecto de Arthit: ¡Kongpob abre la puerta a su galán! ¡Fotos exclusivas en el interior!

El Romance de Siam: ¡Kongpob y Arthit comparten un bingsu en Siam Paragon!

Y algunos totalmente falsos de escritores más imaginativos:

Kongpob el hipócrita: heredero de Siam Polymer compartiendo una cubeta de KFC con su novio a tan sólo días de haber retuiteado un artículo en contra del maltrato animal.

(Sí, al parecer los habían visto ese día. Para su vergüenza, hubo miles de fotos de él chupando los dedos de Kongpob que circularon entre sus amigos).

¿Kongpob el abusador? Rumores de violencia doméstica cuando Arthit presume un ojo negro.

(Había tirado muy fuerte de un hilo suelto y se golpeó en la cara por accidente).

En efecto, aún se le hacía extraña la atención, pero el contenido casi no violentaba su relación y Arthit mentiría al decir que no le entretenía o causaba gracia cada vez que Som-Oh le enviaba enlace tras enlace de sus últimos descubrimientos.

—Entonces vamos. Vayamos a darles algo de qué hablar. Quizá puedo alimentarte y ellos escribirán de la forma trágica en que perdiste la movilidad de tus brazos.

—¿Al menos podré tener un yeso genial con un cabestrillo?

—Sólo si puedo autografiarlo primero —Kongpob guiña el ojo, besando su frente.

De ese modo vino su celebración conjunta de cumpleaños, como un bienvenido cambio de aire de codearse con primos terceros y ser interrogado por menores. Finalmente, serían sólo ellos dos y Arthit rezaba porque no hubiera tías regordetas o embotellamientos de temporada que se atravesaran en su camino de poner al fin el maldito anillo en el dedo de Kongpob. Sería tranquilo, simple y sólo ellos dos. Nada elegante, sin reservaciones o regalos elaborados.

Sólo ellos, algo de pastel y posiblemente el resto de sus vidas juntos.

El familiar viaje al café se siente más largo de lo normal. Arthit aún se siente inusualmente nauseabundo y con una tensión desconocida en sus sienes. Se remueve en su asiento, con la caja del anillo removiéndose ligeramente en su bolsillo trasero. Sintiendo algunos gases, baja la ventana y eructa silenciosamente algún par de veces, pero se las arregla para sobrevivir toda la duración del viaje.

—¿Estás bien, P’Arthit? Te ves un poco pálido —Kongpob mira hacia un costado. —Puedo detenerme si gustas.

—No, estoy bien. De todos modos ya casi llegamos.

Sólo estoy nervioso por lo de esta noche.

El café, en la esquina de una tranquila calle que conecta con la avenida principal, se ve exactamente como Arthit lo recuerda. Un camino de piedra conduce a la entrada del café, con árboles señalando el camino y sobrepasando en estatura la estructura de un piso. Muebles que no combinan se extienden por toda la tienda y una moderna pero acogedora estética adorna el interior.

Se sientan en su mesa favorita junto a la ventana, en dos sillas de asientos de cuero una frente a la otra a cada lado de la mesa de café hecha de madera al estilo vintage, con una superficie de cristal y pedazos rotos de un plato decorativo colocados estratégicamente bajo el cristal.

La dueña los reconoce y va hacia ellos, deseándoles felices cumpleaños a ambos antes de tomar sus órdenes: una rebanada de pastel red velvet para Kongpob y un espumoso pastel de ginebra de frambuesa para Arthit.

Arthit toma alrededor de 30 fotos de su comida antes de que Kongpob lo llame un “chico básico de Instagram” y exija permitírsele comer su pastel. Cada uno toma con su tenedor un gran trozo de pastel y los chocan.

—Por nosotros —dice Arthit.

—Por nosotros, y por otro año de envejecer juntos —sonríe Kongpob.

La cubierta de frambuesa de la elección de Arthit es ácida y fuerte, mezclándose inusualmente bien con el pan empapado de ginebra, pero parece no poder tomar más de dos bocados antes de sentir sus entrañas convulsionando de nuevo y una dolorosa presión en su lóbulo frontal.

Intenta concentrarse, tratando de esfumar los nervios. Sabe que tiene seguir con su objetivo de esta noche o podría no tener otra buena oportunidad. Arthit no sabe por qué su cuerpo entero está reaccionando de forma tan inconforme cuando ni siquiera había estado tan inquieto en sus dos intentos anteriores.

Luego sus ojos se posan en Kongpob, quien lame contento algo de queso crema de su tenedor. La luz solar que atraviesa las delgadas ramas arroja una ligera y ondeante sombra a su rostro, golpeando cálidamente su piel con las motas de luz que se asoman entre ellas y Arthit siente su corazón latir en su pecho y el sudor haciéndole cosquillas sobre su piel, y de repente todo se siente demasiado caliente.

Estira el brazo y toma la mano de su pareja, con sus dedos temblando y húmedos por el sudor.

—Kong —su voz sale un poco ahogada.

—¿Sí, P’Arthit? —Kong levanta la mirada y sus ojos brillan antes de que su expresión se convierta en un ceño fruncido por la preocupación. —¿Seguro que te encuentras bien? Parece que viste un fantasma.

Se estira para sentir la frente de Arthit.

—Estoy bien, de verdad —insiste Arthit.

—¡P’, estás ardiendo!

—Kong, escúchame. Hay algo que quiero decirte.

—¿Qué es? ¿Seguro que no quieres ver a un médico?

—No, estoy bien. Escucha. He estado… ah, he querido hacer esto ya por un tiempo y siento que ahora es el momento adecuado.

Kongpob, sintiendo la seriedad en su voz, indeciso coloca su mano sobre la de Arthit y lo mira fijamente, sus ojos reflejando duda y anticipación.

—¿Qué es, P’?

—Kong, yo…

Arthit siente que la cabeza le da vueltas y no puede obligarse a decir otra palabra antes de sentir que la bilis le sube por la garganta.

Con una mano sobre la boca, se tambalea fuera del café y todo el contenido de su estómago se vacía sobre la tierra junto al camino de piedra.

Dejaré así este capítulo porque se estaba alargando muchísimo. Así que el siguiente capítulo será básicamente una continuación de este. Sólo creo que me emocioné un poco al explicar por qué celebraban tantas cosas en febrero al igual que cómo Arthit se intoxicó con comida. También quería mostrarles diferentes ángulos de su relación con ellos en este capítulo siendo ermitaños domésticos.

Me doy cuenta de la ironía de esta historia siendo un especial de San Valentín aunque no lo celebran realmente. Supongo que mi objetivo al iniciar este fic fue que Arthit de verdad intentara desesperadamente ser el novio que cree que debería ser porque es en extremo inseguro, y en especial luego de los eventos de SOTUS S, que quiere poner todo su esfuerzo en asegurarse de que Kong se sienta amado. Lo tiene tanto en la cabeza que tiene que hacer todas cosas complejas para estar a la par con Kongpob (pero no lo está, por supuesto).

Con eso dicho, me salté el día de San Valentín en parte porque sentí que su plan sería extremadamente similar al de su aniversario y por ende no muy interesante de leer, pero también porque se siente impersonal de ellos ya que es un día en el cual todos están celebrando su amor en lugar de uno día que sea personal para ellos.

La razón por la que puse sus cumpleaños tan cerca fue, de nuevo, una percepción más a fondo de esta dinámica única que es su relación. Eso en conjunto con la idea de que siempre he sentido que ambos tienen el Sol en Piscis, con Arthit con ascendente en Virgo y Kongpob con ascendente en Cáncer (si creen en la astrología). No es como si me gustaran mucho esas cosas, pero resultó en un título que hiciera sentido, creo.

Traducido al español por StSassa

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